Hace 38 años, tal día como hoy, el pueblo español refrendaba nuestra Carta Magna, entre otras cosas, reconociéndose y reconociendo que era el Soberano para tomar las riendas de su propio futuro, siguiendo los principios de libertad y responsabilidad que deben guiar el destino de los pueblos en la toma de decisiones por sí mismos.

Es algo esencial en lo que quiero recabar en unos tiempos en los que desde algunos puntos de vista ideológicos, de nuevo se reivindica la necesidad de consenso y de volver a entendernos entre distintas formas de pensar la organización de nuestro Estado y mucho menos, en eso sí estamos en una especial sintonía la mayoría de los grupos de opinión política, de los principios que soporta y otorga nuestra Constitución.

Y es que, precisamente esa Soberanía residenciada en el pueblo, destaca la posibilidad de que no pueda entenderse la Constitución como una verdad absoluta e inmutable. Es, al contrario, un marco de convivencia muy alejado de principios filosóficos metafísicos que trate de imponer una Voluntad superior sobre el propio Hombre.

No hay que tener miedo a adaptar y cambiar nuestra actual Constitución si así lo desea la amplia mayoría del pueblo español, manifestando su voluntad de acuerdo a las leyes, así como tampoco hay que aborrecer la misma por el simple hecho de que en sus contenidos no se cumplan todas nuestras expectativas ideológicas particularizadas en cada individuo y cada ciudadano en la legítima libertad de pensamiento que consagra, precisamente, nuestra Carta Magna.

Y es que son esos principios fundamentales positivados en sus páginas, los principios que sustentan la defensa de los Derechos Fundamentales del Hombre, lo que la dan la excelente calidad de ser un marco de convivencia de especial valor para todos los que habitamos y amamos esta querida parte de nuestro planeta que reconocemos como nuestro país, España, y que estamos dispuestos a defender convencidos de los valores humanistas que se recogen en la misma y que se encuentra en la raíz ideológico de todos los demócratas, definámonos por el color ideológico que cada uno haya querido creer y escoger.

Quiero destacar que es el Hecho Constitucional lo verdaderamente relevante en la forma de organizarse políticamente nuestro país y precisamente su valor lo adquiere en, primero, residenciar la soberanía en el pueblo y, segundo, la extrema defensa de los derechos humanos plasmados en su contenido.

El primero posibilita el imperio de la voluntad del pueblo en organizarse y darse su propio destino, los segundos la valoración del Hombre como centro de nuestra propia razón de ser, siendo libre cada uno de entender su propio destino siguiendo la razón que su propia conciencia le dicte y dentro de este marco de convivencia, tolerancia y solidaridad.

Estos son valores que se potencian dentro del contenido de nuestra actual Constitución y que posibilitan qué hoy, para mí, sea un día de Fiesta, porque puedo gozar en un país democrático de un ambiente de libertad de ideas, porque puedo disfrutar en la solidaridad con mis semejantes en un pacífico clima de convivencia y hermanamiento con los que piensan de forma distinta a mis propias convicciones. Ese es parte del valor contenido en nuestra Constitución que quiero y estoy dispuesto a defender, considerando que defendiendo esos principios, cabe, precisamente, la voluntad del propio pueblo de cambiar la organización de nuestro Estado.

Los valores de libertad, igualdad, justicia y pluralismo político consagrados en el génesis de nuestra Carta Magna son los que dibujan la naturaleza de fraternidad entre nuestros ciudadanos y semejantes, extendiendo y reconociendo los derechos de la persona a través de nuestro ordenamiento jurídico.

A través de los altos símbolos de la Nación española, (nuestra bandera y nuestro himno) se representan y se aglutinan todos los principios y derechos recogidos en los capítulos de la Ley de Leyes y que nos definen como país y como nación.

Son símbolos ideados para encontrar la unión de todos, incluso aunque no estemos particularmente de acuerdo en que sean esos símbolos en concreto y no otros los que puedan representarnos colectivamente.

Son símbolos que debemos y necesitamos respetar y defender como muestra de nuestra unión en los valores y derechos fundamentales que definen y defiende nuestro Estado, debiendo quedar al margen de una utilización excluyente y arbitraria.

Son símbolos oficiales que nos integran y nos facilitan la convivencia, cohesionándonos como comunidad y nación. Por ello, debemos respetarlos, conocerlos y reconocerlos tal cual son: símbolos que nos definen e identifican como españoles y de los que nos queremos y debemos sentirnos orgullosos en conjunto, porque, en si mismos, no son lo verdaderamente importante.

Lo verdaderamente importante de nuestra bandera y nuestro himno es que definen e identifican a la multitud de ciudadanos que día a día, en su trabajo, con su familia, con sus amigos y en su quehacer diario, quieren, tienen todo el derecho y pueden bajo el paraguas que posibilita nuestra Constitución, a convivir en paz y en armonía, por eso quiero referirme a ellos como lo que son, un valor común y colectivo, y que deben ser utilizados exclusivamente de forma solemne y oficial a través de los poderes legítimos que el propio pueblo español otorga a sus representantes.

Es el momento de hacer sonar en la fiesta del Estado español, en la fiesta ciudadana más importante de España, la marcha de granaderos, nuestro himno nacional que nos representa como Estado y como Nación, en honor de todo el pueblo español que hace 38 años, refrendó nuestra actual Constitución.

Muchas gracias.

Morata de Tajuña, 6 de diciembre de 2016

EL ALCALDE